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Anirúame
Obra

Anirúame

2020

Hacia principios de la primavera del dos mil trece, una promotora cultural me preguntó si no contaba con textos relativos al folclor rarámuri que le pudiera proporcionar para elaborar sobre ellos un trabajo de dramaturgia popular. Le contesté que conocía algunas historias y temas mitológicos de los tarahumaras pero que, desafortunadamente, los textos en los que está documentado lo que se conoce de su mitología se encontraban dispersos en diferentes cuadernos de lectura, obras antropológicas y materiales en audio. “¿Podrías escribir algunos de los que sabes y proporcionármelos?”, me dijo. Le contesté que sí, y en cuanto salió de mi oficina comencé a redactar el mito de creación que registrara, hace ya más de un siglo, el noruego Carl Lumholtz. Al día siguiente añadí algunas narraciones más pero, por una parte, las actividades de trabajo que tenía pendientes y, por la otra, el hecho de que durante varias semanas no volví a tener noticias de la persona que me había solicitado los textos, hicieron que el proyecto al mismo tiempo se desacelerara y cambiara notablemente de objetivo. En efecto, conforme iba añadiendo mitos y relatos al documento base, la intención original se transformó en algo muy diferente. No podía dedicarme a elaborar una recopilación de tipo etnográfico —trabajo sumamente necesario pero para el cual ni cuento con el tiempo suficiente ni estoy capacitado—, pero sí parecía posible reunir la mayor cantidad posible de narraciones actualmente accesibles y trabajar con ellas un texto que pudiera servir como material de lectura escolar, un objetivo mucho más modesto pero igualmente necesario. De esa manera, la recopilación pronto adoptó el objetivo principal de proporcionar a los jóvenes estudiantes de las escuelas indígenas —quienes actualmente deben desarrollar sus habilidades de lecto-escritura predominantemente en castellano—, un texto redactado en su idioma y que, al mismo tiempo, les pudiera ofrecer una introducción a su propia tradición oral, a las antiguas creencias y al pasado cultural e ideológico de su pueblo. En este sentido, apenas si debo mencionar que las actuales escuelas indígenas incluyen muy pocos contenidos culturales populares en sus programas de estudio, y que el contexto, más amplio, de la sociedad mestiza que ahora sitia y asedia a las comunidades tarahumaras tiende rápidamente hacia la imposición de una cultura global, descaracterizada y por completo orientada a la actividad económica y el consumo. Varios problemas y cuestiones se me presentaban, incluso habiendo optado decididamente por un trabajo de naturaleza no científica. En primer lugar ¿qué tipo de tradición oral incluir? Recorriendo la obra de los diferentes etnólogos y antropólogos que han estudiado al pueblo tarahumar, uno se encuentra, en un extremo, con “textos” provenientes de la tradición oral que ya tienen más de cien años de haber sido recopilados, y en el otro con entrevistas y registros bastante recientes, algunos incluso apenas acabados de publicar. Su naturaleza, como es de entenderse, cambia bastante, y no sólo en la forma, el estilo y la temática, sino también en cuestiones centrales, como la filiación histórica de los mitos más emblemáticos, por ejemplo, los mitos de origen. Si el día de hoy uno va a la sierra tarahumara y entrevista a personas para hacerles las mismas preguntas que hace un siglo Carl Lumholtz les hizo a sus bisabuelos, las respuestas, con toda seguridad, apenas se parecerán a las que recogió el explorador y etnógrafo escandinavo. Posiblemente puedan identificarse algunos elementos en común, y estos elementos pueden ser muy notables y plenos de sentido cultural, pero la cantidad de innovaciones que los temas han ido incorporando habrá reestructurado de tal forma una narrativa mitológica determinada que en ocasiones es difícil saber si desciende directamente del prototipo recogido por Lumholtz. Tan solo un ejemplo: En los lugares en los que el diluvio era narrado como una de varias refundiciones cósmicas ordenadas por el sol y la luna, y sin la intervención de ningún héroe, actualmente se narra mencionando a Dios (el dios judeo-cristiano, atropomórfico, varón y patriarcal), a Noé (un héroe) y hasta al “barco” que éste construyó para salvar a las diversas especies animales. Ante esto ¿debemos entender que se trata del mismo mito, pero reestructurado y (seguramente) resemantizado, o bien, que el mito indígena ha sido por completo sustituido por el equivalente bíblico que más se le parecía? Varias consideraciones me hicieron optar por la elaboración de una selección crítica que podía, o hasta debía sacrificar los elementos más evidentemente exógenos, y en concreto, los más evidentemente occidentales. Estos últimos no necesariamente son bíblicos, ya que la actual tradición oral tarahumara (y por este término debemos entender una pluralidad de tradiciones en continuo cambio), además de numerosas narraciones de claro origen bíblico (o, de manera más amplia, católico), contiene ahora muchos elementos originados en el folclor europeo y, previsiblemente, también en la cultura popular mexicana. Dichas consideraciones son de tipo estético y político. Estético porque los elementos de cuño amerindio mantienen y comparten una serie de valores —una especie de horizontalidad y hasta de diálogo para con el resto del mundo natural, un tectonismo que minimiza al hombre y lo mantiene en un lugar complementario en el mundo— y esos valores a su vez generan una serie de imágenes y coloraturas compatibles entre sí. Político porque una revalorización de la cultura tarahumara como la que se intenta difundir en un libro de lecturas escolares como el presente hubiera quedado, como mínimo, incompleta, de haber aceptado acríticamente la multitud de elementos europeos que ahora forman parte de su tradición oral. Sé, por supuesto, que cualquier manifestación cultural es el producto de un proceso dinámico poroso, basado en intercambios, modificaciones e innovaciones, y que la antigua tradición oral tarahumara también estaba infiltrada por numerosos elementos provenientes de otras regiones culturales. Pero cualquier observador nota un continuum en la vieja tradición amerindia, y una cierta compatibilidad en sus lenguajes y manifestaciones concretas, de manera que opté por una especie de reconstrucción que, no lo ignoro, tiene también un carácter intrusivo. Una tercera cuestión era la de qué tono y qué estilo adoptar en la redacción. Muchos de los mitos tarahumaras que han llegado hasta nosotros consisten en meras menciones de núcleos narrativos, sumamente escuetas y que, de ser transcritas en la forma en la que se conservan, suscitarían muy poco interés en tanto que narraciones y contribuirían muy poco en el desarrollo de la habilidad de la lectura. Por otra parte, un desarrollo más o menos extenso de los temas hubiera “literaturizado” de manera excesiva piezas cuyas características originales fueron, en cualquier caso, la sobriedad y la inmediatez. No hay que olvidar, al respecto, que la tradición oral en sociedades rurales que han tenido muy poco contacto con la visión científica moderna ocupa el lugar de la memoria colectiva, y es transmitida con la toda la presunción de veracidad que en otras sociedades tiene la historia, de manera que muy rara vez es adornada, o intencionalmente amplificada. Por lo anterior, opté por un lenguaje sencillo pero al mismo tiempo lo suficientemente expresivo y capaz de generar sus propios ritmos y musicalidades. No pretendo, del todo, haberlo logrado. Un último problema, aunque quizá el más difícil, era el del orden de presentación que debían obtener las narraciones una vez estructuradas en una serie con pretensiones de organicidad. Los mitos tarahumaras, como los de la mayoría de las culturas, no son contados en ningún orden cronológico. De hecho, es posible decir que no lo tienen, ya que operan en un espacio narrativo que se ubica en el remoto pasado, pero que dentro de sus límites genera una ucronía y un universo libre de la lógica. Queda a cargo de las audiencias o de los lectores, en caso de necesitarlo, el presuponer dicho orden, y esto último, con la intención de lograr una narración más o menos continua y atractiva, es precisamente lo que intenté. En buena medida, lo reconozco —y hasta lo enfatizo—, el resultado es más una creación literaria que una recopilación etnográfica. Pero es, de todas maneras, una creación que se basa principalmente, y hasta con cierto rigor, en lo que se conoce de la antigua mitología y el pensamiento rarámuri o, en algunos pocos casos, en testimonios y creaciones posteriores muy vinculados con esa mitología.