A Enrique Servín
Un día nos subimos a un helicóptero
para hacer volar miles de poemas.
Eras como un profeta de la belleza,
un ateo que rezaba el Barco Ebrio
a grandes voces.
Querías liberar a la gente de sus creencias
que los atan al miedo de las religiones,
querías interrumpir sus pasos para decirle a cada uno:
vivan, gocen, porque somos un milagro de la materia,
somos una casualidad en el universo.
Un día me confesaste que te aburrías
porque todo te resultaba predecible:
las conversaciones, los problemas
que te alejaban del conocimiento
como la batería del carro
o las goteras de tu casa.
Una mañana antes de morir,
viste pasar a un hombre cubierto de tierra,
a quien le preguntaste de dónde venía.
Te contestó que de Guadalajara, buscando a su hijo.
Te confesó que llevaba un par de días sin comer.
Fuiste hasta el cajero y regresaste para darle algo.
Cuando se despidieron le diste un abrazo,
porque así eras tú, te detenías en cada esquina
para hablar con los que no tienen nombre,
ni riqueza, ni un futuro escrito en la nómina del mundo.
Cuando no, jugabas a perseguir a una paloma coja
para darle en un vaso térmico un poco de agua.
Grabaste en tu cabeza de genio uno de mis poemas
y lo repetiste a todos diciéndoles que yo era un verdadero poeta.
Nunca supe como hiciste un día para caminar
de un extremo a otro de un lomerío de Ojinaga
mientras tus amigos más jóvenes nos deshidratábamos en la sombra.
Pero algo te movía, una energía de las piedras te alimentaba.
Luego nos contabas la historia de ese o aquel pueblo.
Señalabas los trabajos kilométricos de la industria
que arrasaban con el desierto al que admirabas.
Y esa noche, la última en la que te despediste
sin saberlo para siempre.
Esa noche atravesaste como siempre en tu Tsuru la ciudad vacía,
como te gustaba.
Y llegaste a la negrura de tu calle,
atravesada por un faro de luz
que parecía un reflector siniestro
en el escenario de tu vida, junto a la negrura que llenaba
el resto de la calle.
No volvimos a verte, sólo te soñamos.
La última vez en un restaurante,
contándome una chirinola,
pero una vocecita en mi cabeza empezó a decirme:
no hagas caso, ya no vive,
pero logré hacer que se callara
para que me dejara escucharte.
Desperté sonriendo y con hambre,
querido amigo Enrique.
Sólo tengo este feo poema para rendirte homenaje
Me hubiera gustado que lo diseccionaras
como a un saltamontes y me dijeras:
deja sólo las alas que son lo más hermoso
lo demás, tíralo a la basura.