Gansos Salvajes
El año empezó
con la muerte de Mary Oliver.
Un día antes se había ido Sam.
Luego sucedieron otras cosas no tan
dignas de recuento.
La primavera y el verano pasaron
desapercibidas, ocultas tras la niebla de la prisa.
Vi, con envidia, el sueño de los jardineros
bajo los nogales, algunas ardillas, árboles.
Un día me detuve también a mirar los pericos.
Ya estabas tú ahí a la mitad del jardín,
mirándolos primero: absorto,
masticando alguna cosa, como siempre.
Me explicaste cómo formaban sus nidos
en grupos y te admiraste de su verdísima belleza.
Un día después te fuiste tú.
Yo me quedé en ese jardín.
Ahí escuché el parloteo por largo tiempo
ahora transformado en luz verde,
clara y amplísima.
No era necesario ser bueno:
necesario era dejar que el dulce animal que era
tu cuerpo amara lo que amaba,
dejarlo encontrar su sitio en la familia de las cosas.
Como cuando te sentabas a la sombra
en los días de verano y te rodeábamos
y te reías, nos cantabas un poema
y eras el poema.
Este poema aparece en el poemario “La vida espiritual de las hormigas”, editado por Medusa Editores en noviembre de 2021.