Así de frágil será el pasado. Prólogo de la segunda edición
La poesía es conspiración hecha por hombres de buena voluntad para honrar el mundo. Bienhechores furtivos, los poetas merodean por las ciudades y los campos y entran en las casas, no para robar, sino para añadir, y son los espectadores benévolos del universo. Jorge Luis Borges
Enrique Servín fue un hombre mecido, de continuo, por la alegría y la ternura. Un hombre alto que gozó y nos hizo gozar de un alma hecha enteramente de palabras y de asombros. Mientras él y ese dulce animal que era su cuerpo estuvieron entre nosotros, sobre esta dulce tierra, lo invitábamos con frecuencia a nuestras casas interiores, a nuestras oficinas grises, a nuestras sencillas penas y alegrías, porque sabíamos que alguna belleza habría de añadirnos. Una gracia, algunos versos, aquellas anécdotas que inevitablemente nos volvían de nuevo niños de ojos grandes y boca abierta, bañados por la mágica destreza del gran contador de historias. Y para recibir algo de él no era necesario ser poeta, intelectual, artista, lector; bastaba con ser algo: una pequeña parvada de pericos saltando, camuflados a medias entre la hierba verde; un bolero reflexionando sobre el amor, a quien le parecía que lo verdaderamente importante, asombroso y hasta mágico era el hecho de que dos personas en el mundo se encuentren y se quieran; un nogal bajo el otoño, un político encumbrado, un cocinero, un perro encadenado en el patio de un taller mecánico, un niño Tarahumar o cualquiera que hablase una de las muchas lenguas que dominaba y paladeaba como pequeños, delicados caramelos.
Su profunda curiosidad, su oído ansiosamente abierto al mundo, una memoria prodigiosa, su afinadísima sensibilidad y vasto conocimiento de las grandes tradiciones literarias lo convirtieron, desde luego, en un gran poeta, aunque con sencilla modestia rechazara el título para sí mismo. Esa misma modestia fue la causa, quizás, de que nos dejara pocas páginas publicadas de sus versos, aunque, para ser justos, acaso siempre nos parece poco lo que un poeta nos deja, especialmente cuando ese legado ejerce, para quienes estuvimos cerca, apenas como un vago sustituto de una presencia viva que era en realidad el verdadero poema que admiramos y llevamos hoy, como buenos alumnos, en nuestras memorias. Desde luego, el pasado es frágil, impredecible, y ese poema que fue irá transformándose en alguna otra cosa, vestido de nuestras ilusiones, cariños y nostalgias. Pero del mismo modo en que nada puede surgir de la nada, de esa memoria no podrá surgir otra cosa que belleza.
Al escribir esto, releo en la presentación original de aquel breve libro publicado hace ya más de treinta años, la idea de que el poeta es descendiente del santo y el sabio, – y en este caso, al menos – lo hago con un sentimiento de completa aprobación. Enrique Servín era quizás ambas cosas y la mayor muestra de ello eran su constante ternura, humor y empatía, a pesar de su asombrosa lucidez y de ser, como escribía Anna Świrszczyńska, tan sensible como un diente enfermo ante los múltiples dolores del mundo, sus miserias, injusticias, indiferencias, orgullosa ignorancia, discriminación y desprecio de unos por otros.
Absoluto enamorado de la poesía, solía decir que la única obligación de esta es la de conmover, perturbar, inquietar, alterar a quien la lee o escucha, y tal obligación está sobradamente cumplida en los textos que conforman este pequeño ejemplar, pues, en muchos sentidos, su poesía es una brillante y conmovedora extensión de esas cualidades del sabio a que he hecho referencia: el asombro siempre iluminado por una especie de ternura infantil por las criaturas de la tierra, como podemos leer en La música, la hierba o en Reina de la noche; el delicado humor que, en lugar de la amargura, ilumina sus ironías, como en Carro pintado de azul o Naturaleza muerta; la conmiseración por el destino, no solo de los seres humanos, sino de las criaturas a las que pocas veces les concedemos la importancia que merecen, será una ocurrencia frecuente para quien lea este ejemplar y su precioso El Agua y la Sombra, en el que reaparecen los poemas de este título con algunos ligeros cambios introducidos tras trece años de la aparición de las versiones originales. La lucidez es también, desde lluego, una constante, y las iluminaciones a las que con frecuencia nos conducen los poemas, un verdadero regalo para quienes vivimos bajo el encanto de la curiosidad y de esa amorosa necesidad de comprendernos a nosotros mismos y al mundo, así como de tratar de encontrar nuestro lugar en él, al lado del resto de las criaturas, en el plano de esa igualdad que nos confiere el hecho de compartir el mismo destino de ser, apenas momentáneamente, y volver a un olvido acaso en muy poco distinto a aquel del que surgimos por primera vez en nuestras pequeñas vidas, como magistralmente nos expone en su preciosa Elegía. Y en suma, terminamos por comprender que es cierto: así de frágil es y será el pasado.