Cuaderno de abalorios y el triunfo de la memoria
Querido Enrique:
Han pasado más de dos años desde que te marchaste. Aunque se trató de un asesinato, me gusta pensar que te levantaste y te fuiste, sin avisar, como era tu costumbre, para no interrumpir la fiesta. Pero, tal y como solía pasar en las fiestas, todo se interrumpió de todas maneras, como cuando decíamos “¿dónde está Enrique? ¿a poco ya se fue?”. Y tronábamos los dientes.
Casi no puedo describir los vericuetos del duelo que comenzaron con esa pregunta: ¿Dónde estás, Enrique? Era la pregunta que me surgía mientras trataba de entender lo que había pasado.
De alguna manera, la muerte siempre es incomprensible. La vida lo es todo. Y luego, la muerte. Una inexpugnable perplejidad. Por una parte, la muerte parece una interrupción en seco, y, por otra parte, cada muerte es única y todos la vivimos de manera diferente. Para mí, la noticia llegó una tarde gris de hace dos años, una tarde inocua y común, parecida a cualquiera. Sin premoniciones, sin señales. Es inevitable que lo cotidiano alguna vez contenga la muerte, como si se sirviera cicuta en un vaso desechable. Así, tuve que llevar esa sustancia ardiente en el vaso desechable de mi garganta, y sin querer derramé un poco aquí y allá, y las quemaduras se quedarán ahí mientras yo viva.
Exactamente como quien carga un vaso rebosante y no puede evitar derramarlo, así me siento al querer hablar sobre tu partida. Quería escribir un comentario sobre tu libro Cuaderno de abalorios, pero, al abrir el libro después de mucho tiempo, lo primero que me topo es la dedicatoria con la que lo firmaste, acompañada de la advertencia: “No vas a encontrar en él nada que no me hayas escuchado repetir muchas veces”. Y así es, leer el libro, es como volver a aquellas tardes en algún café, cuando cuatro amigos nos reuníamos a charlar “Hay que reconocer a tiempo los paraísos” nos dices en el libro. ¿Habré reconocido aquel paraíso a tiempo? Quizá por momentos… Además… ¿Quién iba a decir que resulta tan doloroso volver al paraíso?
Por más que me digo, ‘no hay nada que lamentar, tu vida es para celebrarse, no para llorarse’. Por más que me digo eso y respiro profundo, la tristeza se derrama de mi vaso desechable y mancha aquellos preciosos recuerdos. Pero no es tan fácil amargar aquel café. Así que he vuelto a las tardes que pasamos juntos en el café Degá. Tratando de hacer lo único que podíamos ante la maravilla y la desgracia del mundo, hablar sobre ellas, con el placer de, si no entenderlas del todo, al menos enunciarlas. Y en efecto, leer Cuaderno de abalorios se parece a charlar contigo, es una especie de álbum de aquellas tardes.
Escribiste “cuando estoy en una mesa tomando café me identifico, según el interlocutor, como ecologista, socialista, reformista, igualitarista o ateo”. Esos son algunos ejemplos de lo que fuiste. Pero esas identidades, como las llamas en el libro, no fueron máscaras, si no maneras en las que le sonreías al mundo. En ti aplicaba la antigua sentencia budista que dice: “Para tener todas las virtudes en la palma de la mano, sólo se necesita una: La gran compasión” (Sutra de la realización de Avalokiteshvara). Tú eras un gran compasivo, y en el fondo, a pesar del poderoso resplandor de tu inteligencia, eran tu bondad y amabilidad las que brillaban con más fuerza. O será que, en ti, inteligencia y bondad eran una sola cosa, una sola manera de ver, con una sonrisa, este extraño mundo.
Cuaderno de abalorios es un triunfo de la memoria, una especie de cápsula del tiempo, en la que tu voz quedó cifrada. En él se escucha al implacable crítico de la superstición y de todas las formas de violencia. Esa conjunción de rigor intelectual y ética que quisiste inculcarnos permanece en esas páginas esperando que volvamos, cuando nos sintamos perdidos. Y es que la memoria es frágil, y a veces me cuesta trabajo volver a aquellos años, como si una pesada neblina me impidiera encontrar de nuevo el camino hacia el formidable valle de tu amistad.
Ahora la memoria es insuficiente, siempre le queda mal a la vida, pero es todo lo que tengo para volver a charlar contigo. En algún sueño. En alguna fotografía. En alguna página.
Con frecuencia, pienso cómo habrías vivido este nuevo escenario que surgió a penas unos meses después de tu muerte. Qué pensarías de tal novela, de tal película, de tal noticia… Y a penas puedo asimilar que se haya vuelto tan silencioso charlar contigo. Que tenga que tomar un libro y sentarme en la quietud a imaginar tu voz. Y qué difícil que un libro pueda alcanzar a reflejar un atisbo de la obra maestra que fue tu vida.
Querido Enrique, es un desplante, un berrinche, decir que no me basta con leerte, que quisiera que estuvieras aquí compartiendo con nosotros, devolviéndole el brillo a estás calles y a esta ciudad, rescatando un poco de la belleza que se hunde cada día en la arena del desierto. Alimentando a las palomas y a acariciando a los perros que otros encadenaron.
Nos dices en tu libro: “El no saber estar-en-la-vida es la verdadera tragedia”. No puedo decir que no te abracé, no puedo decir que no te expresé mi admiración y que no aprendí de ti todo lo que pude. Así que me esfuerzo en pensar que no hay tragedia que lamentar. Pues, aunque sea por momentos, con tu guía, pude reconocer a tiempo el paraíso.
Muchas gracias, querido Enrique.
Namo Amitabha